Nos envolvemos sobre el cielo que nos arropa,
pero no copiamos ni su grandiosidad ni su color,
simplemente nos dejamos llevar como un elemento más,
que contempla y se admira de lo que nos abriga,
deduciendo que somos tan débiles que un sencillo soplo
nos puede tumbar sin moverse los colores de su tono.
Tal vez si asumimos con suavidad nuestra leve mirada,
podemos disfrutar más de todos los entornos.
